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La driade, Evelyn De Morgan |
Jethro Tull & David Palmer, Coronach (canto fúnebre gaélico)
Ozzy Osbourne, No more tears
Abrimos una puerta a los caminos que recorren las montañas de Hervás. También, y muy especialmente, a los caminos que os recorren y que quizá nunca hayáis osado hollar. Nos esperan muchos lugares nuevos. Y cada unos de vosotros descubrirá, por su cuenta, otros paisajes interiores no menos hermosos, una tierra virgen: vuestro pequeño reino privado.
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La driade, Evelyn De Morgan |
Jethro Tull & David Palmer, Coronach (canto fúnebre gaélico)
Ozzy Osbourne, No more tears
Efectivamente, la historia es una noria que gira en un pernicioso círculo vicioso. El otro día, escuchando hablar sobre los crematorios portátiles que parece ser se están utilizando para hacer desaparecer los cuerpos de los civiles ucranianos ejecutados y también de algunos soldados rusos caídos —un número demasiado elevado de bajas no sería bien acogido en casa—, no pude por menos que pensar, amén de en los hornos crematorios utilizados por los nazis, en el molino portátil para machacar huesos que se empleó en el campo de Majdanek.
El fragmento que sigue pertenece a mi relato La imperfección del círculo, premiado allá por el lejano 2008 y que podréis leer en su totalidad desde el apartado “Textos en línea” de mi página.
[...]En Lublin sentía que me secaba. Tenía la sensación de que mi trabajo como periodista me robaba la inspiración. A menudo, tras haber redactado prosaicos artículos sobre temas que no me interesaban en absoluto, advertía que ya no me quedaban ganas de escribir mis propias obras. Tenía la dolorosa sospecha de que el periodista que era estaba asesinando poco a poco al escritor en el que estaba convencido que podía convertirme. Tenía muchas cosas que contar y compartir, pero no conseguía que cobrasen forma definitiva. Y eso me frustraba terriblemente.
Un día decidí que había llegado el momento de hacer algo al respecto y, tras consultar con mi esposa, tomé una decisión drástica. Ella era una mujer maravillosa que siempre me apoyaba en todo. Me ayudó a encontrar el valor suficiente para cambiar totalmente de vida. Cuando en el periódico se enteraron de que me despedía para trasladarme a las afueras y que mi intención era convertirme en molinero, me tomaron por loco. Y la verdad es que no puedo reprochárselo.
En Polonia hay hermosos molinos antiguos. A Rachel, mi esposa, le habría gustado tener un molino de agua para vivir al lado de un río, pero yo me empeñé en que comprásemos un molino de viento. Para mí no era un capricho y mucho menos, un detalle baladí. Lo consideraba un acto simbólico: finalmente me enfrentaría a mis monstruos como Don Quijote. Pero además esperaba que se convirtiese en un pretexto para cultivar mi espíritu, para rebuscar en mi interior el ruah, el viento que Yahweh insufló en Adán y gracias al cual éste adquirió alma y dejó de ser un simple pedazo de arcilla.
Si bien soy creyente y practicante, no me he considerado nunca un hombre especialmente devoto. Mis anhelos eran algo más, algo que iba mucho más allá de lo puramente religioso. Necesitaba encontrarme a mí mismo, y estaba convencido de que una vida sencilla podía ayudarme a ello.
Pese a nuestra torpeza inicial en el uso del molino, nuestros nuevos vecinos nos acogieron con entusiasmo e infinita paciencia. Rachel se encargaba de un pequeño huerto y algunos animales para uso doméstico. El trabajo cotidiano nos permitía satisfacer nuestras pocas necesidades materiales. Éramos muy felices. Finalmente conseguía escribir y sentirme orgulloso de lo que escribía.
Pero un día toda esa felicidad desapareció para siempre.
–Lo siento. Un incendio, supongo ―interrumpe el joven, que hasta ese momento ha mantenido un respetuoso silencio–. Ese tipo de accidentes no son tan raros en los molinos, dada la facilidad con la que arden los sacos de grano que en ellos se acumulan.
–No, no fue un incendio. El molino sigue en pie aún hoy, aunque ya no es mío. Nos fue confiscado hace mucho tiempo. Ahora, afortunadamente, se ha convertido en parte de un museo etnográfico al aire libre.
–Y entonces, ¿qué pasó? –indaga impaciente.
–Pasó el Nazismo, muchacho.
El anciano mira los ojos del joven desconocido y se decide a contar finalmente el resto de su historia. No se advierte rencor en sus palabras, sino sólo melancolía. Un tibio sentimiento que contrasta con las atrocidades que se dispone a narrar. Habla despacio, con una calma casi irreal. Como si estuviese contando la historia de otro o, más bien, el argumento de una novela. Sólo se le quiebra la voz cuando menciona a su esposa. El joven sospecha que es precisamente ése el motivo por el que apenas habla de ella. Hace mucho tiempo decidió no permitir que controlasen sus emociones, y ni siquiera quitándole lo que más quería han logrado quebrantar su decisión.
El Tercer Reich invadió Polonia. Sus tropas entraron en Lublin el 18 de septiembre de 1939, e inmediatamente empezaron a imponer medidas raciales. Los intelectuales fueron los primeros eliminados. A los que presuntamente éramos trabajadores manuales se nos imponían trabajos forzados. Sin embargo no les bastaba con que trabajásemos para ellos. Un día, en 1941, un grupo de soldados vino a por nosotros. Nos enviaron al gueto de Lublin. Volvíamos a la vida de la ciudad, ésa de la que habíamos huido para encontrarnos a nosotros mismos; pero ahora en peores condiciones que nunca. Aunque parece que en los guetos de Varsovia y Lodz se estaba mucho peor aún. Me concedieron un permiso de trabajo para una de sus fábricas, y gracias al mercado negro no pasamos demasiadas penurias. En 1942 nos trasladaron al nuevo gueto de Majdan Tatarski, en los suburbios de Lublin. En noviembre de ese año nos deportaron al campo de Majdanek, nuestro destino final.
La vida allí era extremadamente dura. Yo logré soportarla. Rachel no.
Los hornos crematorios no conseguían consumir del todo los cuerpos de las víctimas extraídas de las tres cámaras de gas del campo. Era frecuente que algunos huesos resistiesen al fuego, y entonces había que reducirlos a polvo de otra forma. Probablemente lo que quedaba de mi pobre Rachel acabó en el molino de huesos. Aquel era totalmente distinto del que nos había dado la felicidad por un breve espacio de tiempo. Se trataba de una pequeña máquina de frío metal, fácil de transportar. Funcionaba con sucio gasóleo, no con viento puro como el que se había convertido en nuestro hogar. El nuestro había sido un molino de vida, mientras que éste era un mecanismo de muerte. Aunque, paradójicamente, las cenizas de hombres, mujeres, niños y acianos se vendían como fertilizante, por el fosfato de los huesos.
Si dejabas de ser útil como mano de obra, pasabas a serlo como materia prima. Las pobres ropas y calzado de las víctimas, las gafas e incluso sus prótesis se aprovechaban. Arrancaban las piezas dentales de oro y las mandaban a Berlín para que fuesen fundidas. El cabello también se vendía a las industrias textiles. Dicen que incluso la grasa de algunos cuerpos era usada para fabricar jabón.
El sistema era como un gran aparato digestivo capaz de nutrirse de casi todo. No le hacía ascos a nada. Todo era reabsorbido y reutilizado. Casi nada terminaba excretado.
Fuimos pocos los que sobrevivimos a la masacre del 3 de noviembre de 1943. Decidieron cerrar el campo y mandaron una unidad especial de SS para fusilar a los que aún vivíamos. Lo llamaron “Festival de la cosecha”. Los disparos casi lograban acallar la música de Wagner que los altavoces difundían a todo volumen. Afortunadamente estábamos demasiado cerca de Ucrania y no les dio tiempo a llevar a término sus planes.
[...]
La humanidad, con insensato entusiasmo, parece siempre dispuesta a volver a su casilla de salida.
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Jan Komski, Quemando los cuerpos de la cámara de gas |
Remembrances (La lista de Schindler)
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Nina Marchenko, El ultimo viaje (Holodomor) |
Folknery, Vyplyvalo utenia / Фолькнери, Випливало утєня
BELCHITE
Un
día tuvo rostro.
Hoy,
son miles...
que
pesan sobre quienes aún saben
lo
que es la conciencia.
No
se trata de memoria,
sino
de decencia.
Con
flores silvestres
tapiza
la primavera vuestra espera,
pero
eso no basta.
En
cada casa de este país,
el
peso de la sangrienta historia cuece
habas.
Un
puchero que ya,
cuarenta
años atrás muerto el perro,
aún
produce rabia.
(S.
G. I., Madrid 28/10/20211)
Entre
esos cuerpos torturados y maniatados, encontrados en las fosas comunes de
Belchite, pudieran estar los de varios familiares de Joan Manuel Serrat. Sólo
por dar un nombre. Porque en este país, tristemente, casi cada familia se vio
salpicada por la atrocidad de la guerra y los crímenes perpetrados a posteriori
sobre el vencido. Un genocidio en toda regla.
Parece
que ascienden a 125.000 euros los gastados por el Estado en la nueva tumba de
Francisco Franco en el cementerio de Mingorrubio-El Pardo (Madrid). Pongan sus
descendientes reconocidos y legales el grito en el cielo o no, no es un
mausoleo faraónico construido con la sangre y el sudor de presos políticos ni
regado con los rezos diarios, pero nadie dudaría que se trata de un
enterramiento muy digno.
Entre
tanto, incluso décadas después de la muerte del dictador, muchos otros no
descansan. Y para sus familiares el lecho se vuelve de abrojos y llagas.
No es piedad o revancha lo que se pide, sino justicia. Mientras una parte de este país siga sin entenderlo y la otra parte esté dispuesta a aceptar las bastardas reglas del juego impuestas a la muerte del carnicero, mientras sigamos prisioneros de aquel antiguo miedo a que la incipiente democracia se fuese al garete, no seremos una sociedad libre ni digna de respeto.
Manuel,
Joan Manuel Serrat
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Marie Laveau |
Hoy, 8 de marzo, vamos a recordar a una gran mujer, Mary Laveau, a quien, según testigos, se vio caminando entre los vivos aún en la década de los treinta del pasado siglo XX, más de cincuenta años después de su defunción, acontecida en junio de 1881.
Hoy brindo por todas las mujeres que, como Lázaro, se han levantado de su tumba y, contra todo pronóstico, han echado a andar. Por todas aquellas que, incluso con heridas y cicatrices, han sobrevivido a su propia muerte. Porque, en efecto, todo lo que no te mata te hace más fuerte. Y si no lograron aniquilarte la primera vez, puedes estar segura de que ya nada conseguirá fulminarte.
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Marie Laveau por Frank Schneider (1920). Replica del original pintado en 1835 por George Caitlin |
Redbone, The Witch Queen Of New Orleans
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Castañar del Duque 2010 |
El tuyo fue siempre el mejor sustrato; ibas a recogerlo al castañar.
Que la tierra te sea leve y te acoja con el amor que merece toda una vida de dedicación a los demás. Nos veremos al otro lado. Allí también nos cruzaremos en el monte, temprano, mientras los demás aún duermen. Ambas cambiaremos unas breves palabras y nos despediremos en la niebla con un leve movimiento de cabeza: tú seguirás camino hacia casa, a cuidar de tus plantas y a faenar en la cocina; yo tiraré hacia las cumbres, a reencontrarme con los míos, con todos los que, como tú, partieron antes y ya están esperando.
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Gladiolos, Castañar del Duque 2010 |
Coronach, Jethro Tull
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Viejo caqui, aun a su edad, cargado de frutos |
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Doctor Asperger y Herta Schreiber en la clínica Am Spiegelgrund |
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"Vidas indignas de ser vividas", según el nazismo |
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Anciano apenado (En la puerta de la eternidad), Vincent van Gogh 1890 |
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Portrait of a Young Man, Sir Joshua Reynolds (1770) |
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Masacre de Wounded Knee, 29 de diciembre de 1890 |
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Elizabeth Christ y Friedrich Trump |
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Peones orientales durante la construcción del ferrocarril en Estados Unidos |
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Esclavos durante la recogida de algodón en una plantación de Estados Unidos |
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Richard Ansdell, La caza del esclavo |
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Alegoría de Franco y la Cruzada, Arturo Reque Meruvia |
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Victor Mikhailovich Vasnetsov, After the Battle between Prince Igor Svyatoslavich of Kiev and the Polovtsy (1880) |
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Joaquín Sorolla, Defensa del Parque de Artillería de Monteleón (1884) |
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Tiziano, Caín y Abel |
Salomé Guadalupe Ingelmo, Calvario |
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Fedor Andreevich, El campo maldito. Lugar de ejecución en el Imperio Romano. Los esclavos crucificados (1878) |
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Joaquin Sorolla, Trata de blancas (1894) |
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Stańczyk, Jan Matejko |
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Templo de Bel, Palmira (Siria), 1996 |
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La última mirada de Zenobia sobre Palmira, Herbert Gustave Schmalz |