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DOS PINCELADAS SOBRE HERVÁS


(S. G. I., Madrid, 13 de octubre de 2011)

EL CAMINO, EL DE DENTRO Y EL DE FUERA, NO TIENE FIN: LO CONSTRUYEN LOS PROPIOS PIES.


Es éste un viaje a paisajes naturales, pero también a mis paisajes interiores: imposible delimitar lo que queda a cada lado de la ventana que es mi cámara. Es éste un viaje iniciático al interior de vosotros mismos que pasa por mirar, también, al exterior.

Abrimos una puerta a los caminos que recorren las montañas de Hervás. También, y muy especialmente, a los caminos que os recorren y que quizá nunca hayáis osado hollar. Nos esperan muchos lugares nuevos. Y cada unos de vosotros descubrirá, por su cuenta, otros paisajes interiores no menos hermosos, una tierra virgen: vuestro pequeño reino privado.

THE GREAT STONE FACE

"En el país de los jamones" (El Pardo, Madrid)

Hoy en día, en pleno siglo XXI, lo inmovilista, rancio y anticuado es la esclavitud. Cuando unos seres humamos, considerados de segunda categoría por su nacimiento, pertenecían a otros que se aprovechaban de su trabajo y les robaban la dignidad, el pan, la salud, el acceso a la cultura e, incluso, la vida si así lo deseaban. Cuando los esclavos habían de mendigar la mísera existencia, padecer e incluso morir en silencio. Para no molestar.
Pasaron los tiempos en los que sólo se podía contestar "sí, bwana". Yo lo entiendo. Pero el hombre blanco que no acepta que se le cuestione cuando hace las cosas mal y las dice aún peor, no. No puede porque quedó anclado en una visión social del pasado. O, depende de cómo se mire, muy del futuro ‒a este paso, próximo, me temo‒: así como de 1984 o de Farenheit.
O sea que lo rancio es oponerse a la privatización... No me suena. Diría que desde que Espartaco llegó a la conclusión de que ya estaba bien de jugarse el pellejo para divertir a los de arriba, que si querían entretenerse bien podían comprarse un mono; desde que Jesús pegó el primer zapatazo, o más bien “sandaliazo”, en el suelo del templo para recordar que había que recuperar lo que a cada uno correspondía por legítimo derecho, en adelante, los revolucionarios, los visionarios de ideas innovadoras y perseguidas, han estado siempre en el otro lado de la moneda: en la cruz, en la que no pertenece al césar. Que sea de Dios o no, ya dependerá de cada quien. Aunque, no me cabe duda, Dios, de existir, está justamente de ese lado y no del otro. Diría que lo avanzado ‒no me gustaría llamarlo "moderno" porque se me hace frívolo‒ son las conquistas sociales. Ésas de las que, viniendo de tanta represión, dictadura y caciquismo, logramos pocas con mucho esfuerzo. Y de las que cada día vamos conservando menos.
El capitalismo no supone ninguna innovación a estas alturas de la película. De hecho, como la realidad cotidiana demuestra, es un sistema muerto. Tampoco hay que alarmarse más de la cuenta: nada es eterno y un sistema incapaz de pensar en el mañana, basado en pulirse los recursos de todo tipo sin control aunque eso signifique al tiempo autofagocitarse, todavía menos. No es la primera ni será la última vez que una forma de organización o régimen llega a su fin. No implica el Apocalipsis. Al menos no para el ciudadano medio, el que está habituado a vivir modestamente y cultivar pocas pretensiones; el acostumbrado a arrimar el hombro y emplear su creatividad para construir de nuevo.
Sin embargo, evidentemente, hay quien, menos resignado y peor acostumbrado, se aferra desesperadamente a los despojos, disputándose los últimos pedazos con ferocidad. Nada que objetar si estuviésemos en un documental del National Geographic. El problema es que su supervivencia no peligra ‒aquí de lo que se habla es de mantener un estatus alcanzado con métodos ignominiosos; de acaparar riqueza a expensas de los más necesitados mientras aún se pueda, y caiga quien caiga‒ y los huesos que pretenden mondar hasta el tuétano son de otros seres humanos que luchan denodadamente por sacar adelante a sus propias familias: enfermos, ancianos, niños... Ya no hay caramelo que robar de boca infantil a la puerta del colegio; el sueldo no da para “chuches”. Así que ahora se conforman con mangarles a los críos el bocata de chorizo ‒si llega para eso. El pan, en los peores casos‒ bajo las narices de sus impotentes padres. A los que, además, ningún empacho impide llamar vagos, poco previsores o egoístas: si no les llega para pagar los estudios de sus hijos, seguramente será porque deciden destinar sus pingües ingresos, quizá los del subsidio de desempleo ‒puede que obtenido, como en buena parte de los casos, defraudando ‒, a otros fines, como comprar teles de plasma o hacer viajes al Caribe. Y en tal caso, se lo tienen merecido. Para citar a otra de las muchas mentes preclaras de nuestro tiempo: “que se jodan”. Es que nuestros ideólogos y pensadores, nuestros prohombres y promujeres, nuestros autodenominados “barones” ‒aunque, en su mayoría, cueste encontrarles la nobleza por algún sitio‒ poseen un vocabulario muy amplio.
El copago es, en definitiva, "una medida feliz"... "Feliz"... Ah, ya. Se ve que, en según qué mentes, Huxley caló muy hondo.
Pero claro, qué vamos a esperar de alguien que define el copago farmacéutico ‒es decir, volver a pagar lo que el ciudadano paga ya, presuntamente, con sus impuestos. Ésos con los que se dobla el presupuesto a la financiación de partidos mientras se deja en la mitad los fondos destinados a la Dependencia‒ como "justicia social".
Y uno se pregunta si llegará el día en que nos levantemos y, durante veinticuatro horas, sólo veinticuatro cochinas horas, ningún cargo público haya metido la pata en el charco. Es, por supuesto, un eufemismo, porque ellos no se dan por satisfechos si no chapotean y se rebozan bien en el lodazal. Cada uno responde a su propia naturaleza, es comprensible.
Así es normal que al que todavía se puede permitir desayunar mojando una magdalena en el café con leche, se le encasquille la masa en la garganta. Es que hay cosas que, claramente, no se pueden tragar.

Recolectores de algodón - William Aiken Walker
Recolectores de algodón, William Aiken Walker

Para escuchar a El Koala interpretando, Opá, yo vi acé un corrá 

Los verdaderos protagonistas estan aquí