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DOS PINCELADAS SOBRE HERVÁS


(S. G. I., Madrid, 13 de octubre de 2011)

EL CAMINO, EL DE DENTRO Y EL DE FUERA, NO TIENE FIN: LO CONSTRUYEN LOS PROPIOS PIES.


Es éste un viaje a paisajes naturales, pero también a mis paisajes interiores: imposible delimitar lo que queda a cada lado de la ventana que es mi cámara. Es éste un viaje iniciático al interior de vosotros mismos que pasa por mirar, también, al exterior.

Abrimos una puerta a los caminos que recorren las montañas de Hervás. También, y muy especialmente, a los caminos que os recorren y que quizá nunca hayáis osado hollar. Nos esperan muchos lugares nuevos. Y cada unos de vosotros descubrirá, por su cuenta, otros paisajes interiores no menos hermosos, una tierra virgen: vuestro pequeño reino privado.

HÁBITOS PERNICIOSOS

Garganta del Infierno (Valle del Jerte), cuesta arriba

     A veces ser espectador perjudica seriamente la salud. No sé por qué me empeño en seguir viendo los debates de la tele. El hombre es, sin duda, el animal más reincidente.

AL SON DE LA MÚSICA
Sobre el escenario, una enorme televisión recortada en cartón. Lo suficientemente grande para albergar un presentador de telediarios tras su mesa. El individuo en cuestión ostenta un gesto adusto. Sujeta unos papeles haciéndose el interesante, como si fuesen de extrema importancia. En la parte superior del aparato, en el lado derecho, una ranura para meter monedas idéntica a las que tienen las cabinas telefónicas.
De repente, por el lateral del escenario, aparece una enorme mano en cartón piedra que echa una moneda de dimensiones desproporcionadas en la televisión. Entonces comienza el espectáculo: una melodía de cajita de música se difunde por el teatro.

PRESENTADOR:
El presentador se esfuerza por parecer circunspecto. Gesticula poniendo caras de sorpresa, indignación y reprobación alternativamente. Se ajusta el nudo de la corbata con gran profesionalidad. Inconscientemente tira de un cordón que le cuelga cerca de la nariz y ésta se le empieza a alargar de forma alarmante. El público ya no sabe decidir si se encuentra ante Pinocho, ante el mismísimo Cyrano o ante el desgraciado del poema de Quevedo, aquel que vivía a una nariz pegado.
Falto de noticias, en un loco afán por improvisar o sencillamente transportado por la música, sale de detrás de su mesa. Levanta los brazos sobre la cabeza y, abandonando su proverbial solemnidad, comienza a girar de puntillas. Entonces el público advierte que la chaqueta del traje gris que viste por arriba no combina demasiado bien con el minúsculo tutú rosa que gasta por abajo.
La música va muriendo como si se le acabase la cuerda, y lo mismo le sucede al personaje. Termina desmadejado como un muñeco sin vida o una marioneta sin titiritero.
La enorme mano de cartón piedra deja caer una gigantesca tela negra sobre el aparato de televisión. Las luces se apagan.
Las luces se encienden. Sobre el escenario, el bulto tapado. Sólo que cuando la misteriosa mano reaparece y levanta el lienzo negro, debajo no está la televisión, sino una jaula en la que el presentador, vistiendo todavía la parte de arriba del elegante traje y el delicioso tutú que deja al descubierto sus musculosas piernas y le permite lucir las primorosas zapatillas de ballet, tiene ahora un penacho de plumas verdes en la cabeza, alas del mismo color que le salen de la chaqueta −de la que han desaparecido las mangas− y un pico duro como el de los loros o los papagayos. El insólito bicho está subido a su columpio, donde parece haber pasado la noche. Pero en cuanto la mano deja caer unas pipas, salta agradecido y ejecuta toda clase de piruetas. Grazna moviendo las alas desesperado, haciendo esfuerzos denodados por hablar. Pero como es un animal sin entendimiento, sólo se revela capaz de reproducir sonidos humanos escuchados a otros. De modo que si no le apuntan, se queda en blanco.
La mano, satisfecha con su mascota, ya que la intención es lo que cuenta, le recompensa propinándole con imprevisible delicadeza, como a un perro fiel, unos cariñosos golpecitos sobre la cresta.
Es entonces cuando el espectador comienza a vislumbrar que las sospechas que ha ido nutriendo de que el personaje fuese una bailarina disfrazada de periodista resultan totalmente infundadas. Porque el personajillo ha de ser, en realidad, un loro disfrazado de bailarina que, a su vez, en sus ratos libres, se disfraza de periodista.
Salomé Guadalupe Ingelmo
Premio Especial de Monoteatro Sin Palabras Hiperbreve
Concurso Internacional de Microficción “F.G.C  ” 2012

Al son de la sica, ha sido publicado en Picoscópico, Antología de los textos premiados en el Concurso Internacional de Microficción Dramatúrgica Hiperbreve “F.G.C  ” 2012, Cuadernos de las Gaviotas número 96, Ediciones Comoartes, Madrid/México D. F. 2012, p. 45.


La voz de su amo, Francis Barraud

Para escuchar a Javier Krahe interpretando Tiralevitas
 


8 comentarios:

omar enletrasarte dijo...

me trajo sonrisas, muy amena lectura
gracias
saludos

Salomé Guadalupe Ingelmo dijo...

La risa es ya, casi, la única arma que nos queda. Casi. Besos.

Anónimo dijo...

Sayón y escriba...
Sin que sirva de precedente...completamente de acuerdo
Abrazos
W.

Unknown dijo...

me quedo con esa risa como única arma...
Saludos.-

Wili y Colasina. dijo...

Cierto, la risa esa, que debería ser llanto. Pero si llorásemos por todo lo que nos está viniendo, secaríamos enseguida nuestros depósitos lacrimales. Cualquiera de las narices que apuntas sería superlativa por igual; como la del poema. La canción de Javier viene que ni te cuento. Besos, Salomé.

Salomé Guadalupe Ingelmo dijo...

Que sirva, que sirva de preecedente. Más allá de las formas, las personas de buena voluntad, aunque no estén siempre de acuerdo en todo, suelen tener bastantes cosas en común: las que el sentido común y la sensibilidd dictan. Y tú y yo, no me cabe duda, no somos del todo malos... Besos.

Salomé Guadalupe Ingelmo dijo...

Yo confío en que, sin perder la risa, recordemos que no es, todavía, la única que nos queda... Besos.

Salomé Guadalupe Ingelmo dijo...

Es que a veces la línea que separa el drama de la comedia es tan fina... Sí, nos harían falta muchas más mentes tan lúcidas como la de Krahe. Y ya de paso, muchas más lenguas igual de afiladas. Besos.

Los verdaderos protagonistas estan aquí